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Ciudad de los niños

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Y la escuela sigue gestando Patria...(homenaje a los maestros, profesores y estudiantes)

September 21, 2018

En Septiembre festejamos tres días importantes: el del maestro, el del profesor, el del estudiante. Junto con la llegada de la primavera, por estos días siempre se vuelve necesario un homenaje a la educación toda. Por eso, compartimos dos textos, el primero escrito por la Coordinador de la CIudad de los NIños, el segundo a través del siguiente enlace: https://eseade.wordpress.com/2016/02/19/el-hombre-que-no-dejo-huerfanos/. Relato escrito por un alumno ya adulto en homenaje a su maestro de escuela.Está lleno de recuerdos, emoción, admiración y gratitud.Y evoca fundamentalmente la esencia maravillosa de la vocación de enseñar y el placer y desafío de aprender y descubrir la vida, que le obsequiamos desde CIudad de los Niños a los maestras y maestros de cada escuela a la que nuestros pequeños asisten. A nuestros queridos lectores les deseamos lo mismo que a ellos: "Tómese un tiempo en esta trajinada vida y disfrute la lectura".

 

 

El siguiente es el relato de una breve experiencia personal, sencillita como lo son por lo general las cosas más valiosas y entrañables de la vida.
Para el Acto escolar del Día de la Bandera, me tocaba acompañar a los niños que asisten a la escuela
cercana a la Ciudad de los Niños, adonde asiste la mayoría de los chiquitos que viven con nosotros.
Fui con cierto desgano inicial, lo confieso, ya que me obligaba a postergar otras tareas también importantes y de urgencia (en realidad siempre se hace mucho y siempre falta por hacer mucho más...).
Al llegar a la escuela, la maestra encargada de organizar el acto, me comunica que Verónica, una de las niñas que residen en Ciudad, había sido elegida para izar la bandera (designación que aún sigue siendo para cada niño motivo de enorme orgullo). Al mismo tiempo me solicita que acompañe a la niña a modo de escolta mientras ésta cumplía el noble cometido. Acompañaron también hasta la bandera otros 3 niños, cada uno con su respectiva mamá.
Nos dirigimos todos al patio donde está el mástil. Nos detenemos a un metro de distancia de las
escalerillas. Verónica sube los escalones y comienza a girar la pequeña roldana que lleva a lo alto el paño patrio, al tiempo que se escucha de fondo el canto de la Aurora. Los acompañantes éramos los testigos privilegiados de este acto que se repite cada mañana en todas las escuelas del país.
Mientras sube lentamente la bandera, sigo ese movimiento ascendente con la mirada, impregnada y
conmovida de la solemnidad de este acto. Elevo la vista hasta el tope del mástil, donde queda enarbolada y flameando nuestra bandera.
Fue allí, en ese último tramo, cuando vi que el celeste y blanco de aquel paño se fundía en el cielo del
mismo color en aquella mañana fresca y seminublada... Advertí el silencio reinante sólo cuando fue
interrumpido por el aplauso de todos los presentes: niños y niñas, maestros, directivos, familias, auxiliares, celebrando el signo patrio ya ubicado en su lugar de honor (el punto de máxima altura).
Y allí supe dos cosas. La primera, que para encontrar caminos de paz y justicia para nuestra patria y para cada argentino que habita este bendito suelo, necesitamos elevar la mirada al Cielo, y aún pisando firmemente la tierra, despegarnos para poder mirar nuestra realidad desde lo Alto, pedir a Dios su presencia y su Luz, pedir serenidad para discernir y diseñar caminos de hermandad hacia el bien común, necesitamos de su Misericordia y su Sabiduría para rescatar lo sabio y lo bueno de nuestro pueblo y hacerlo florecer en bien de todos, especialmente de los más necesitados y postergados. La otra es darnos cuenta que, más allá de los conflictos y crisis, la escuela sigue cumpliendo diariamente la silenciosa tarea de transmitir la Patria como lugar común, a través de los signos y los símbolos que nos dan identidad. Esto fue sembrado ya desde nuestra infancia, la Patria como Padre y Madre que nos hermana.
Señor, que en estos tiempos difíciles y de tanta división y desigualdad, sepamos encontrar caminos
comunes, cada uno desde el lugar que le toca, sin olvidar nunca que todos tenemos la misma dignidad y derechos como hijos de Dios, como hijos de la Patria.

 

 

 

 

 

 

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